La donna è mobile

"Buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar y darle espacio." LCiudadesInvisibles, ICalvino

Se muestran los artículos pertenecientes a Octubre de 2004.

Resumen

Pseudo-elegía

Siempre, invariablemente, había sentido desapego por los cementerios. Esas necrópolis llenas de cuerpos sin vida, corruptos, descompuestos, infectos. Aunque en ellos había familiares míos directos, nunca me había allegado con la intención de encontrar allí a los seres que conocí en vida. A la hora de la verdad, mi lado más científico y cabal me recordaba una vez sentada frente a las lápidas, que nada de lo que yo había conocido podía quedar con vida allá adentro y esto me impedía aquietar la herida de su lejanía. Al contrario, mi cabeza se llenaba de imágenes, de representaciones grotescas donde mis queridos difuntos eran asaltados por toda clase de castigos y decadencias físicas. Esto me inquietaba y lejos de sentirme cerca de mis muertos, lo único que conseguía era desvirtuar la imagen que celosa y románticamente guardaba de ellos. Evité a toda costa asistir a entierros y sepelios, hasta que ineludiblemente llegó el mío.

Repaso aquel instante con una sonrisa en los labios, a decir verdad no fue tan espinoso como se imagina. Recuerdo de mis últimos instantes las flores y el perfume que de ellas emanaba. Embriagando por completo, a veces hasta hacerme perder el sentido de lo que estaba ocurriendo y de los lamentos de los míos. Desde mi arca (que así la llamo yo) se oían muy de lejos, tan alejados que yo debía estar en otra suave estación de término y parecían cantos más que gemidos. Tampoco podía ver sus rostros, imagino que dolidos, pero uno a uno les fui tocando mentalmente el pelo hasta que cerré mis ojos y descansé.

Ahora llevo una existencia, si es que así puede llamarse, serena. Los días transcurren lentamente. Las horas que paso en mi arca las dedico en parte a arrepentirme de tantas y tantas cosas que hubiera querido hacer y en parte a disfrutar de mis recuerdos. También suelo pasear por el camposanto. Esta actividad resulta muy placentera, le he cogido el gusto a recorrer las grandes avenidas que conforman mi nuevo hábitat y disfruto encontrándome con otros en mi misma circunstancia. He descubierto que los muertos sí pueden acompañar a sus parientes desde sus tumbas, que suelen sentarse junto a ellos y que, aunque no pueden percibir el aroma de las flores que les dejan junto al nicho, las agradecen y pasan sus manos sobre ellas, acariciándolas. He visto imágenes que pondrían los pelos de punta, como aquel día en el que el señor que descansa dos calles más abajo, pasó su brazo por encima de los hombros de su viuda, que lloraba, y le silbó una nana al oído. Directamente al alma. Parece que esto calmó su llanto, tanto, que mirando hacia la lápida sonrió. O cuando el padre del niño que trajeron hará un par de semanas se arrodilló junto a la foto de su hijo, y susurrando algo que no pude escuchar, hizo que el crío saliera de su arca y se pusiera a corretear a su alrededor. El hombre volvió a su casa con otra expresión en el rostro. Otras veces, los residentes se niegan a salir a pesar del llanto de sus visitantes, supongo que por rencor o sencillamente por falta de motivación.

El caso es que a mí desde que me trajeron no ha venido nadie a verme. Estoy deseando acallar los cotilleos de mis compañeros. Todos dicen que no vendrán, que los suicidios son mal entendidos y que lo más normal es que ni aparezcan. Pero yo espero pacientemente la llegada de mi esposo, de mis hijos, de mi madre. Me sentaré junto a ellos. Les echo mucho de menos. Creo que me equivoqué. Sí, me equivoqué, pero ahora ya es tarde para arrepentirse. Mientras llegan, preparo nanas para cantar al oído de mi esposo, me fijo en las cosas que dicen los demás a sus parientes para hacer lo mismo, me coloco cerca de los que consuelan a sus apenados familiares e intento aprender de memoria cada movimiento, cada corriente, cada gesto, para llegado el momento, alcanzar al alma de los míos y calmar su pena. Dispongo con minuciosidad el encuentro. Imagino que cuando los vierta, mis susurros y mis caricias surtirán el efecto deseado. Así sabré lo que sienten los demás y podré unirme a ellos cuando se reúnen bajo el sauce de la plaza a comentar sus visitas.

Es normal que tarden, deben sentirse abandonados. Siento que he desperdiciado minutos irrepetibles, que he malgastado todas y cada una de las caricias que traje aquí para transmutarlas en algo mucho más frío y distante. Debí calcular el alcance de mis actos. Ahora sólo me queda esperar. Mi padre, tan muerto como yo y con el que me encuentro bajo el árbol de la plaza, dice que no tardarán en pasar por mi calle porque a mamá parece que ya se le va pasando el odio. Me cuenta que ella le habla de cuando estuve a punto de irme y que se siente culpable por no haber podido evitarlo. Pero yo estaba decidida, no había otra salida. Y mis hijos. Mis hijos también han pasado por su tumba y les habla de mí, de su mamá, con calidez y con dulzura. Dice que cuando lo hace siempre piensa que dirigirán sus pasos hacia mí, pero toman el cubo del agua ya vacío y salen del cementerio evitando encontrarse conmigo a toda costa. Cuando acaba de contármelo pone su mano en mi mejilla y me sonríe como queriendo apaciguar mi inquietud y me regala una sonrisa. De mi marido no sabe nada, salvo que parece que está dispuesto a no venir. Supongo que nada he de reprocharles, la culpa la tuve yo y ya la estoy pagando.

En fin, tengo que pensar en el modo de acercarme a mis hijos cuando vengan a ver a mi padre. No haré ruido, escucharé. Sentiré la desazón propia de los de mi condición, y me limitaré a mirarles desde mi calle por si se atreven a recorrerla. Si lo hacen, la alegría de nuestro encuentro será tan grande que hará palidecer de envidia a toda mi avenida. Nadie ha querido tanto a su familia como lo hice yo aunque ahora resulte tan difícil de creer. Me retiro, pero no dejaré de acechar el final de la calle por si alguno de mis seres queridos y ahora tan lejanos se acercara a visitar a esta alma que suele descansar en su arca abrazada a las flores que roba de la tumba de su padre.

Martes, 12 de Octubre de 2004 17:24. [ + ]. Tema: A golpe de tecla Hay 3 comentarios.

Home sweet home

He estado pensando que para poder hacer uso de este blog como Dios manda, lo primero que tengo que hacer es una declaración de intenciones que pueda saltarme a la torera. Así es como funcionan las cosas, no sé como no lo vi claro antes.

El caso es que leyendo sobre las cosas más pequeñas y más insignificantes (que es básicamente de lo que trata este sitio), encontré un fragmento escrito por Marcel Proust que dice: "Y como ese entretenimiento de los japoneses, que meten en un cacharro de porcelana pedacitos de papel, al parecer, informes, que en cuanto se mojan empiezan a estirarse, convirtiéndose en flores, en casas, en personajes consistentes y cognoscibles, así, ahora, todas las flores de nuestro jardín y las del parque de Monsieur Swann y las ninfeas del Vivonne y las buenas gentes del pueblo y sus viviendas chiquitas y la iglesia y Combray entero y sus alrededores, todo eso, pueblo y jardines, que va tomando forma y consistencia, sale de mi taza de té." (POR EL CAMINO DE SWANN)

Pues aquí igual, iré metiendo, metiendo y metiendo y cualquier día —el menos pensado— lloverá en las internueces y lo dicho, el material depositado se esponjará tanto que rebosaré por las disqueteras de todas las casas que alguna vez leyeron alguna de estas líneas.

Tal cual y amén.
Miércoles, 13 de Octubre de 2004 11:56. [ + ]. Tema: Diario de a bordo Hay 6 comentarios.

Luis García Montero, "Lecciones de poesía para niños inquietos"

Con la vida pasa como con un deporte, como con el fútbol o el baloncesto. Cuando conocemos los fundamentos del deporte, nos divertimos mucho con él. Lo pasamos muy bien en un partido cuando entendemos las reglas, cuando sabemos lo importante que es pasar la pelota al compañero, desmarcarse, abrir huecos, jugar sin balón, buscar una buena posición para tirar. Aquellos que no conocen las reglas dicen que el fútbol y el baloncesto son aburridos, pero los aburridos son ellos, porque sólo ven a unos jugadores haciendo el tonto, corriendo detrás de una pelota y sudando. ¡No saben mirar!

Ocurre lo mismo con la vida. Si aprendemos a mirar, si llegamos a conocer sus fundamentos, su técnica, sus reglas, nos lo pasaremos muy bien, nos daremos cuenta de casi todo y podremos sacar nuestras propias conclusiones.

Miércoles, 13 de Octubre de 2004 17:31. [ + ]. Tema: Retales sueltos Hay 1 comentario.

UNO

Dejo de hablar.
Dejo de golpear las paredes de madera.
La luz atraviesa la rendija inundando el interior.
Puedo ver el color de mi sangre. Puedo sentir el dolor en mis nudillos. Puedo comprender los sonidos que salen de mi boca.
Soy consciente.
Dentro de una caja.
Sin objetivos.
Sin futuro.
Una rendija.

Sábado, 23 de Octubre de 2004 17:48. [ + ]. Tema: Sub-blog: El idiota No hay comentarios. Comentar.

DOS

Desde la rendija de mi caja (aplastando la cara contra la madera, aplicando el ojo al orificio) veo otras cajas. Dentro de una de esas otras cajas hay una caja más pequeña. Dentro de esa caja más pequeña que está dentro de una de esas otras cajas que puedo ver desde la rendija de mi caja (aplastando la cara contra la madera) (aplicando el ojo al orificio) hay una mujer, sin brazos, sin piernas, dentro de una caja.
Helène, musito con los labios rozando la pared, la lengua de astillas, y el nombre reverbera contra la madera, y el nombre se solidifica al chocar contra el vacío de mi caja, y me aplasta contra el suelo.

Martes, 26 de Octubre de 2004 17:47. [ + ]. Tema: Sub-blog: El idiota No hay comentarios. Comentar.

Cartita de buenos días sobre la almohada: Somnolencias

Por las noches te recojo y arrebujo entre los brazos, temblorosa. Hueles a todo lo bueno. Me ganas asustada y lloriqueando buscando mi vientre para agarrarte a él; se ve que te hago bien y al cabo de unos minutos te giras buscando tu aire hacia el otro lado de la cama. Después me quedo mirándote, esperando que desaparezcas o que seas sólo mentira, un revoltijo de sábanas con forma de mujer o un corte de película romántica que se me quedó colgado; me tranquiliza estirar una mano para comprobar que no es así. Me pego a ti, loca, cerrando los ojos y respirando fuerte. Despierta te dá rabia, no lo aguantas, pero dormida aceptas. Y es que me gusta sentirte de arriba abajo, cerca. Tú y yo iguales. Me gusta plantarle cara a la noche sabiéndote mía, y como una fiera recién comida me despego con la seguridad de que te quiero más que a nada. Lo mejor viene cuando sientes el frío en tu espalda y sueltas un lamento como de gata hambrienta. Es ahí cuando empieza de nuevo tu pena, tu susto y tu lloriqueo y te giras buscándome. En sueños, loca preciosa, hasta en tus sueños me estás queriendo. Mientras espero lo que sé ha de venir, rezo y cuento los segundos hasta que siento tus manos subiendo por mi costado, porque no sé qué será de mí cuando dejes de echarte encima, con esa dependencia, sin que tú misma sepas que me estás necesitando.

Y así paso las noches, poniendo a prueba tu amor, el mío, la osadía de vencer el miedo a saber antes que tú cuándo dejarás de amarme y la resistencia del colchón. Parece bueno.

Miércoles, 27 de Octubre de 2004 18:04. [ + ]. Tema: Tarjetero Hay 1 comentario.

SOBRE LOS ÁNGELES: Paraíso perdido

“Inmóviles los pulsos
del sinfín de la noche”

Rafael Alberti

La madre de la criatura había cerrado los ojos minutos antes y dormía plácidamente en el lecho del hospital. El alumbramiento había sido extenso y molesto; con dolor se había abierto su carne y durante la noche se andaba plegando con una complejidad y una naturalidad incomprensibles. Mientras, afuera, una lluvia primorosísima parecía querer darle lustre al paisaje en honor a la pequeña recién nacida. La niña, la muy chiquitina, la deliciosa, se revolvía en la cuna intencionando mi interés. La tomé en mis brazos y me senté con ella junto a la ventana, cerca del radiador que intuí de genial ubicación, nervioso y esperando estar a la altura, arreglándole el arrullo y esforzándome inútilmente por aparentar -incluso ante mí, ridículo espectador de mis torpezas- una seguridad aplastante. Bostezó.

Yo la mecía y ella me miraba. O parecía querer hacerlo. La deliciosa no dejaba de intentarlo, fijaba sus ojos en mi mentón y pestañeando, estiraba sus manos queriéndolo alcanzar. Y yo huía. Sentía una intimidación y una vergüenza que desconocía y que no imaginé llegara a sentir. Me había fijado bien en los demás cuando cogían a sus hijos, en sus sensaciones, había imaginado y preparado mi corazón para la llegada de mi hija y nada salía como esperaba. Miré a mi alrededor y no encontré a nadie. Quise llorar y las manos de la deliciosa alcanzaron mi rostro. Volvió a bostezar.

Quedé prendido de la naturalidad con que me robaba aquellas lágrimas, torpemente, como si su última finalidad fuera esa. Como si espontáneamente supiera que me dolió sentirme así ante ella y me lo dispensara. La deliciosa se quedó dormida. En aquel preciso instante, en la noche, sujetando a mi hija frente al mundo, supe que no habría nada en él que no fuera capaz de hacer por ella. Supe que la amaba. Mi pequeña, mi niña, mi tesoro. Fue entonces cuando levanté la vista y amanecía, la magnificencia exterior quedó humillada ante nosotros, reté a Dios y a todos los hombres y me creí el más feliz de la Tierra. La deliciosa se estremeció en mis brazos, nos quedamos dormidos.

Miércoles, 27 de Octubre de 2004 17:21. [ + ]. Tema: A golpe de tecla No hay comentarios. Comentar.

SOBRE LOS ÁNGELES: Los ángeles muertos.

“Tras de mí, imperceptible
sin rozarme los hombros,
mi ángel muerto, vigía.”

Rafael Alberti

Se la llevaron al día siguiente de su nacimiento, la niña tenía no sé qué carencia en el corazón. Anocheció al otro lado de las ventanas del hospital y la noche era muy negra.

Su madre y yo nos mirábamos como extraños. No acertábamos a comprender porqué razón había podido sucedernos algo así. Los médicos entraban y salían de la habitación acristalada en la que habían instalado a nuestra hija. Yo notaba como imperceptible y recelosamente, crecía dentro de mí un odio hacia el mundo, hacia la madre, hacia todos, hacia cualquiera que pudiera siquiera rozar el diminuto cuerpo que yacía postrado, alfileteado infamemente, lejos de mi alcance. Y yo que huía. Me odiaba incluso a mí mismo por incapaz, por necio, por inútil.

Notaba como algunas manos se posaban sobre mi hombro, oía palabras de consuelo y luchaba por no entenderlas. Abandoné la búsqueda de respuestas y me limité a no apartar mis ojos de la pequeña, como si con ello ayudara, como si mi vida prendiera de la suya, como si fuera posible que yo muriera si lo hacía ella. Esa palabra, muerte, se repetía en mi cabeza, y ya no habían más, era la única. Rondaba mi cabeza y rondaba cerca, tanto, que me temblaban las piernas.

Durante aquella noche vendí mi alma al diablo en más de mil ocasiones, durante aquella noche rogué a Dios por la salud de la deliciosa y postré todas mis esperanzas ante sus pies desnudos. Durante aquella noche, una y otra vez, pedí perdón a Dios hasta que me dolieron las palabras. Durante aquella noche -no lo olvidaré nunca- conté los latidos de su corazón y dejé palpitar el mío ofreciéndose por el suyo, saliéndoseme por la boca con tal de correr en su auxilio. Durante aquella noche, la más larga de mi vida, el corazón enfermo de mi pequeña fue acariciado, empujado, alentado e imaginariamente acogido entre mis manos. Durante aquella noche sentí además que no estaba solo.

La única vez que miré atrás pude sentir una aliento más, oí su respiración acompasada con la mía, acariciando donde yo ponía la mano, siguiendo mi rastro, mi lamento, palpitando al compás de mi corazón, del de mi hija, de nuestros ruegos. Acompañando mis pasos de bestia enajenada al otro lado del cristal, de un lado a otro, arriba, abajo, sin abandonar a la deliciosa ni un solo instante. La única vez que miré atrás no tuve miedo.

El corazón de la niña dejó de latir al amanecer de su segundo día y yo lo supe antes que nadie porque el mío se detuvo con el suyo. No sentí ningún dolor.

Miércoles, 27 de Octubre de 2004 17:20. [ + ]. Tema: A golpe de tecla Hay 3 comentarios.

TRES

Hoy reclino la silla y apoyo los pies sobre la mesa y me quedo adormilado esperando que entre alguna clienta con la traición aventada por su caída de pestañas.
Hoy las paredes se ciernen amenazadoras reduciendo el espacio al hueco bajo la mesa y me acurruco y golpeo y golpeo y veo el color de mi sangre y siento el dolor de mis nudillos destrozados y los llevo a mi boca y lamo y apago el balbuceo.
Hoy reclino la silla y apoyo los pies sobre la mesa y me adormilo y mi respiración va llenando la habitación y me asfixio.

Miércoles, 27 de Octubre de 2004 17:20. [ + ]. Tema: Sub-blog: El idiota No hay comentarios. Comentar.

CUATRO

La comida y la hormiga (I)

Acurrucado desnudo bajo la mesa observo la agonía de una hormiga voladora que entra por la rendija buscando una inexistente reina por fecundar.
Hormiga: cargada de feromonas.
Comida: untuosa enlatada.
Hormiga: Aciago frenesí sexual.
Comida: Tiro de la anilla.
Hormiga: Aletea grávida en espiral que culmina
Comida: Dos dedos para recoger la escasa sustancia gelatinosa.
Hormiga alada, plena de gónadas, vida y dulzura, espiral de muerte.
Comida: Chupo mis dedos. Chupo la lata.
Hormiga: La aplasto.
Comida: Como la hormiga.
Viernes, 29 de Octubre de 2004 03:11. [ + ]. Tema: Sub-blog: El idiota No hay comentarios. Comentar.

Dragón

Todas las noches sentía su vuelo alrededor de mi torre. De vez en cuando bajaba a la altura de las ventanas entreabiertas y parecía querer asomarse. Volaba ralentizado abanicando la estancia, envolviéndome en una espiral deliciosa que me turbaba e incitaba a desearle más. Sabía que buscaba su rostro entre las cortinas, sabía que vivía expectante, algunas veces se regodeaba en ello retardando su llegada y haciéndome esperar hasta despuntar el alba. Obstinado, le preocupaba mi felicidad. El dragón, que dudaba, se me quedaba mirando y yo, que no podía evitar sentirme atraída por sus movimientos encontraba complicidad en sus ojos a pesar de la gruesa capa de escamas que los rodeaba. Le deseaba. Le deseaba poderosamente, hasta el punto de renunciar a la vida exterior y limitar mis andanzas a recorrer la estancia esperándole para postrarme a sus pies, negándome a mí misma más salidas que las que hacía al balcón buscando su presencia. Él era mi pájaro protector y velaba por mí. Yo sabía que quería acercarse más, parecía desesperarse pero tenía miedo a que le cazaran, le aterrorizaba que lo encerraran, la sola idea de que alguien frenara sus instintos le atenazaba. El dragón temía perder su libertad pero era incapaz de alejarse. Pasaba las noches atormentado al otro lado de sus deseos. Giraba, giraba y volvía a girar en torno a mí, incapaz de decidirse. Temía hacerme daño.

Pero escucha dragón, esta noche calmarás tus ansias, dormirás en mi lecho, entrarás en mi cuerpo y te daré paz. Cuando seas mío, pájaro protector, cuando puedas mirarte en mis ojos comprenderás que no habrá más barreras que las que tú quieras ver, que las pondremos nosotros mismos si es que así nos place y con el mismo gusto las derribaremos. Que es imposible detener tu vuelo y que hacerlo no tiene sentido. Sabrás, lejano, que en sueños me das cobijo en tus alas, hermosa plata de mi guarida, ansiado descanso. Ven a mí, no tardes. Abandona los contornos del paraíso y empápate de él, maravilla. Ven dragón y come de mis manos, abandónate conmigo a la simpleza y engalánate de tontuna enamorada. Abramos estúpidas rutas hacia las estrellas y levantemos en ellas nuestra ilusoria casa de verano, mirémonos embobados y seamos incapaces de articular palabra, estúpidos y paralizados de amor limitémonos a tocarnos, a sobarnos, a olvidar que hubo alguien más, a desterrar el alrededor, a elevarnos, a alejarnos, a subir. No nos privemos, arrobados rebosantes de felicidad, y dediquémonos a corretear a nuestro encuentro, escondite. Nada me gustaría más que encontrarte y cubrirte de besos. Acércate. No has de temer, la trampa va ligada al premio, recógelo, recógeme, déjalo todo. Tendrás que venir esta noche, temerario, y no otra. No habrá más oportunidades porque mañana mi orgullo habrá doblegado mis deseos. Creeré, ciega y muda y sorda a tus pretextos, mil excusas que te sitúen por encima de mí, dominador. Y no pueden haber victorias en el amor. En él entrarás con las manos limpias, con la boca fresca, con los pies descalzos. Dragón escucha mi voz, será sencillo amarse, no tienes que tener miedo. Bastará con que entres a este lado de tus deseos, esperado. Solo hoy. Te estoy esperando. Ven.

Y el dragón, preso de una excitación sobrenatural, se posó en mi balcón y cayó en mi trampa. Olvidó todo protocolo y se lanzó endemoniado a mis venas derramando en ellas su veneno mortal. En aquel mismo instante quedó mi sangre manchada de él, quedé yo prendida de su poder. Quedó él a mi merced. Ya no hubo nada más, ya éramos sólo dos envenenados. Víctimas de la poción. Drogadictos, ansiosos, desesperados. Dándonos caza en los labios. Ardientes. Presos. Condenados para siempre a estar juntos, a sentir, a no romper el vínculo fatalmente cerrado. Felices, absurdamente felices por tan grata dependencia, por brindarnos la vida, por anularnos. No habiendo nada en el mundo capaz de separarnos, el dragón y yo derrochábamos uno del otro y dilapidábamos día tras día a la caza de un centímetro de piel inexplorado. Siempre desnudos, siempre enamorados.

Un día descubrí que el dragón no había venido para quedarse y que tampoco estaba dispuesto a escuchar mis ruegos; al contrario, estaba decidido a echar a volar. Se erguía en la cornisa y yo me tiraba a sus pies apelando a nuestro amor impidiendo que se marchara. No quería dejarle ir, había creído en él, en la magia del azar y quería más, mucho más, le quería para siempre. El dragón me miraba y me hablaba bajito poniendo sus garras en mi barbilla. Me contaba de su libertad, de sus ansias por volver a volar, me hablaba de sus remordimientos por el sacrificio que había exigido de mí, del poco derecho que tenía a pedirme que comprendiera sus motivos, elogiaba mi generosidad y agradecía mi entrega sin límites, me hablaba locuras que yo no adivinaba a entender ni me esforzaría en comprender, de finales trágicos, de venenos mortales, de dosis peligrosas. Acepté cualquier precio sin dudar, ofrecí mi alma porque mi corazón y mi cuerpo ya los tenía hipotecados, hubiera hecho cualquier cosa por no perderle, a él, a mi veneno. Mi amor: sólo quería oír dos palabras de su boca. Jamás las pronunció. Conforme fueron pasando los días aborrecí mi comportamiento y me fui quedando sin fuerzas para detenerle. Sólo era cuestión de orgullo y él lo sabía. Voló. Una noche se alejó de mí y perdí mi voz gritando en el balcón.

He tardado demasiado en comprender, ingenua, que la trampa no la puse yo. La única felicidad que le importó fue la suya. Maldita sea tu falsa espera dragón, y maldito seas tú, pájaro destructor. Maldita sea tu vanidad, tu soberbia, y maldito este orgullo que me atraganta. Maldita la hora en que expuse mi cuello y maldita sea la noche, llena de torres inalcanzables, que te aleja de mí.

Domingo, 31 de Octubre de 2004 17:18. [ + ]. Tema: A golpe de tecla No hay comentarios. Comentar.

CINCO

La comida y la hormiga (II)

Llevo la lata a mi boca para rebañarla con la lengua. No lo hago. Introduzco mi dedo en la lata y recojo los restos grumosos pegados a la pared. Modelo la efigie de una hormiga reina: un informe corpúsculo de grisacea viscosidad.
Detengo la espiral agonizante y pongo a la hormiga sobre el tumefacto artificio.
Explosión de júbilo. Culminación del egoísmo genético. Éxtasis del triunfo.
Padre del hormiguero, cuida de nosotros, mirmidónica prole; dador de semen, te alabamos.
Una lúbrica onda se expande desde la cópula de la hormiga, inundando la mesa, la silla, las paredes. Me alcanza. Me masturbo.
Desde la tristeza eyaculatoria contemplo el cadáver de la hormiga.
Padre del hormiguero, me masturbo cada día, en conmemoración tuya.

Domingo, 31 de Octubre de 2004 17:18. [ + ]. Tema: Sub-blog: El idiota No hay comentarios. Comentar.

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